Con el deseo mutuo de querernos
conjugados.
Fuiste esa oscuridad de un día
soleado,
Esa sonrisa que sale sin querer,
Y esos suspiros de descanso,
Fuiste un amanecer entre nuestras
manos,
Salía de tus dedos y llegaba
hasta mis ojos,
Como el aliento de las ninfas.
Quise que me enseñaras a no
quererte,
Porque en lo antagónico me volví
una experta.
Me deseaste en todos mis tomos,
Todos mis defectos y en todos mis
desastres.
Me anhelaste en cada noche y cada
amanecer.
Te olvidaste de los días y te
hiciste amante,
De nuestras madrugadas.
Porque en cuanto tus besos me
enseñaron a hablar,
Fue cuando mis palabras cobraron
todo el sentido existente.
Ese momento en que mis versos
tuvieron tú nombre,
Y el instante en que la tinta
brotaba de tus venas,
Supe que el fin de todas mis
Musas había llegado,
Para así dejar paso a la
incertidumbre de tus ojos.
Y ahora, desde tus manos frías y
tus ojos cielo,
Mis poemas te llevan en versos.
O en besos.
