Era 26 de diciembre, la noche caía frente a nuestras manos y se colaba por los huecos que dejaban nuestros labios, acunaba nuestros suspiros y era cómplice de todas aquellas sonrisas que no podíamos reprimir, aquel 26 de diciembre...
Aislados de la mirada insaciable del mundo, bajo ese resplandor de luna creciente que desprendía su tenue luz, colándose por las ventanas del coche, iluminando así tu rostro y dejándome entrever el deseo que llevabas dentro, sacándome aquella parte de mujer, lobo, mujer.
Te miré a los ojos, esos de las pupilas azules que tanto me hacen sangrar, cerré los míos y me armé de valor.
Pero tus ojos todavía estaban allí, frente a mis oscuras pupilas, entonces desapareció el miedo, desapareció la incertidumbre y mis palabras brotaron como habían hecho mis versos meses antes, me acerqué a tu boca, aquella que tan loca me vuelve.
-" ¿Puedo contarte un secreto?" -suspiré, con tus labios como único testigo.
Me miraste serio, asustado por mis más oscuros secretos, pero tus deseo de aprender más de mis fantasmas no te permitió callarte ese suspiro que me daba paso a proseguir, con aquello que pudiera ser mi más preciado secreto.
Esta vez me acerqué a tu cuello y te besé, supongo que haciendo tiempo o evitando el momento que tanto había deseado que llegase.
Me acerque sigilosamente a tu oreja y con un solo suspiro pronuncié un " T'estimo " que prometo jamás olvidar, porque tu sonrisa de después valió el mundo, porque tu beso de después valió el Universo, pero las ganas de repetir esa palabra en tu oído, valió el infinito.