Érase una vez, una joven muchacha que yacía inmóvil en el
suelo, muerta de amor, otra más vencida por su razón, la cosió a leches, ahogó
su corazón. Parecía no tener solución, gastaba sus últimos suspiros, no podía
ni gemir. Fue en aquel entonces cuándo apareció una vieja anciana, no iba a dejarla
morir, otra más no. La anciana empezó un largo relato: a veces, querida, la
cuestión no es encontrar un príncipe azul, pues más de uno anda suelto, puede
que no todos cabalguen un hermoso caballo blanco, quién sabe si tu Robin Hood
viaja en una Ducati roja. No te desesperes, pues todavía eres joven, quizás el
amor no llame mañana a tu puerta, puede que nadie te abra carruajes, puede que
tan solo te digan: vamos nena, que te llevo. Con eso quiero que entiendas que
el amor existe, mas no es para todos demostrado de la misma forma. A unas nos
gustan los caballeros, con sus modales y sus dulces palabras, a otras les
gustan amantes, con sus musas y sueños cumplidos, y a otras, querida, os gustan
bandidos con su música y sus fuertes gemidos. Pero todas tenemos algo en común,
pues siempre van a ser ellos los dirigentes de nuestro corazón. Levántate del
suelo princesa, que se te rompen las medias.
Y fue así, como la joven muchacha de los sueños rotos se
levantó del suelo, decidida a pisar fuerte por la vida.
Y colorín colorado este cuento no ha acabado. Todavía quedan
demasiadas princesas con tangas en la cabeza.

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