Y él,
era como una droga.
Te enganchaba hasta tal punto,
que un segundo sin sus efectos podía hacerse eterno, era tan fuerte que sus
dosis acababan por ser un exceso, y te mitigaban todas las partes del cuerpo.
Él era (mi) peor droga.
Me mataba a suaves cuotas,
me secaba los labios
y aceleraba mi pulso hasta llegar
a un error mental.
El mundo se me acababa cuando no
tenía mi dosis diaria,
ya no era yo quien llevaba las
riendas,
era él y mi maldita adicción.
Tras largos periodos de
dependencia llegaba un punto en que se esfumaba, dejándome abatida y sin
reservas, creía morir en el intento de supervivencia.
Y cuando ya creía que estaba
segura, que mi adicción hacia él se había esfumado,
volvía.
Con sus labios rojos y gruesos,
a dedicarme dulces susurros para
hacerme volver a casa,
Y yo,
como mala alumna de desintoxicación,
me arrastraba bajo su mirada para así sentirme realizada.
Esa dulce adicción iba matándome
por dentro,
y por fuera.
Hasta que golpe a golpe, llegó mi
hora, una sobredosis de mordiscos y despedidas que llegaban a su fin acabó con
el último aliento de vida que quedaba en mi propio ser oscuro.
Porque queridos,
las drogas matan.
Pero el amor,
más.

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