sábado, 25 de octubre de 2014

Microcuento.


El último escalón de mi edificio favorito. Volver a escribir, a sentir. La primera luz del día, que llega a una azotea que no entiende de suicidios. El pez que no sabe nada(r), que se ahoga en un vaso de agua. Una copa de cava y un chupito de licor. De vida.

Dos terrones de azúcar en el café. Solo, pero mal acompañado. Un tren que no entiende de velocidad, otro que se descarrila y el tuyo. Una lágrima sin dueño y otra vez, sola. Un suspiro, nada más, sólo uno. O quizás dos. Nadie paseando por las calles de la Gran Vía. El frío invernal colándose por las costuras de tu jersey, por las grietas de tu corazón. Tus cálidos ojos posándose sobre mis labios y dejando de estar solos. Juntos pero no acompañados.

Una sonrisa robada por la mañana, junto a un “buenos días, princesa”. Cuatro más por la tarde y la tuya, de noche.

Amar. Sin ningún perjuicio, sin normas, sin conservantes. Amor. De tú, conmigo, contigo. Con. Para. Desde. Siempre.

Y todo este caos por ti, por mí, sin ti.


No te vayas. Te quiero.


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